4 oct. 2012

Relato: Al final de la escalera I (de III)

Al final de la escalera

-I-



Tuve que dejar mi casa porque estaba asediada por los zombis. Gracias a que había poca gente por mi zona, la densidad de la infección fue menor.
No obstante, mi edificio no era seguro debido a un brote que surgió rápidamente. La razón de esto fue un perro, contagiado pero no convertido, que se coló en la casa y en el corazón de una adorable ancianita.
La pobre mujer llevó a unas amigas a su salón de té, para jugar a las cartas y hablar y, como estaba destinado a ocurrir, el desastre llegó.

El perro mordió a una de las pobres señoras y rápidamente todas ellas estuvieron convertidas y caminando por el edificio, causando estragos a su paso. ¿Quien iba a desconfiar de unas ancianitas? Todo el mundo corría a ayudarlas porque pensaban que estaban enfermas. Y enfermas estaban.... En menos de dos días, todo el edificio estaba infectado.

Yo tuve la suerte de no verme involucrada en estos eventos ya que lo vi venir con mucho tiempo. Cerré bien mi puerta y destrocé las escaleras de madera para evitar que subieran a mi ático.
Me aislé físicamente, pero no pude aislar mis sentidos. Tuve que oír cómo los caminantes arrasaban con todo y mataban, planta por planta, a todos los vecinos. Oía los gritos de dolor y desesperación de las madres siendo atacadas por sus hijos, de los jóvenes atacados por sus novias y los maridos que veían venir a sus esposas con los ojos inyectados en sangre y las bocas palpitantes, deseosas de su carne...
No resultaba agradable como podréis imaginar y estuve a punto de volverme loca. No podía poner musica porque ellos me oirían. Taparme la cabeza con la la almohada, no surtía ningún efecto. Tampoco, distraerme leyendo... Era imposible dejar de oírlo.
Temí lo peor: desesperar, volverme loca y entregarme a los zombis para evitar más sufrimiento. Pero mi instinto de conservación fue más fuerte que su guerra psicológica, el arma más mortífera de estos depredadores, y pude aguantar.

Al final del segundo día por fin vi un modo de escapar. Fue como un rayo de esperanza, la luz al final del túnel que tan lejos parecía unas horas antes.
Todo empezó con un pequeño ruido. La ventana abierta dejaba oír todo lo que pasaba fuera, que no era mucho. Algún caminante golpeando un cubo, otro pisando un cristal... En ese momento, lo que oí, me dejó perpleja. Una proverbial alarma de un coche empezó a sonar en medio del amanecer.
Huelga decir que lo oyeron todos los no muertos de kilómetros a la redonda, incluyendo los que asediaban mi puerta, pues no había pasado desapercibida, por mucho que me esforcé en ello. Un pequeño descuido y los tenía a todos intentando subir una escalera que no existía...
Sabía de buena tinta que era imposible que llegaran, pero sus gemidos y gritos no ayudaban precisamente a calmar los ánimos. Otra vez, esa sucia guerra psicológica amenazaba con tirar abajo las murallas de mi mente.
Y en el peor momento, como un sonido angelical, llegó a mis oídos -y a los de todos los caminantes- la alarma de un coche, a unas cuantas manzanas de donde me encontraba. En unos segundos, todos los no muertos del barrio salieron corriendo en esa dirección.
Me atreví a asomarme de debajo de mi manta y me acerqué a la ventana abierta. Una marea de monstruos se alejaba en la dirección del sonido. Por un segundo, temí por las vidas de los responsables de que la alarma sonara. Después, pensé, deseé, que hubiera sido culpa de un zombi y que no había nadie en peligro.

Entonces, caí en la cuenta de que no tenía mucho tiempo. Era hora de moverse.


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El Bunker
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