12 oct. 2012

Relato: Al final de la escalera II (de III)

Al final de la escalera 
-II-


Afortunadamente, había sido previsora. Tras los primeros rumores y noticias confusas, comprendí que algo gordo estaba pasando. No sabía el qué y nunca habría jurado que podría hacerse realidad algo como una epidemia zombie. Pero estaba claro, que las cosas no iban bien. Por eso, estaba preparada.
Cogí mi mochila donde llevaba todo lo necesario para una larga temporada fuera. No era una mochila grande pero era manejable. Cogí las cuerdas que había preparado. Afortunadamente, mi ex era escalador y se las dejó allí hacía demasiado tiempo. Nunca las tiré. Menos mal.
Con unas sabanas conseguí fabricar una escala que me permitiera bajar por las escaleras. No era mucho pero me valía para salir de mi atalaya, que se había convertido más en una cárcel que en un refugio.
Antes de salir, cogí un bate de béisbol.

Abrí la puerta con mucho cuidado y salí sigilosamente. El rellano, claro, estaba vacío y eso me reconfortó. Aunque me sorprendió el hecho de que la luz estuviera apagada. Tras varios intentos infructuosos razoné que los caminantes habrían destrozado el panel eléctrico.
Me asomé a las otras plantas pero no se veía nada así que decidí agacharme y escuchar para evitar sorpresas desagradables. Aguanté la respiración mientras yacía en el borde de las escaleras y, aunque no pude escuchar nada, no me atreví a salir.
Finalmente, me convencí a mi misma. Si no era ahora, no sería nunca. Así que solté las sabanas y vi, con alegría, que llegaban de sobra hasta la siguiente planta. Mi idea era avanzar poco a poco, asegurando cada rellano, para no tener sorpresas. Como no tenía tiempo, no entraría en ninguna casa, sólo cerraría todas las puertas y seguiría bajando.

Me descolgué fácilmente por mi improvisada cuerda y comprobé que no había nada. Saqué mi linterna y lo que vi me asqueó profundamente. Las paredes estaban llenas de sangre, el suelo resbalaba con los restos de los zombis. En algunas puertas vi manchas en forma de manos, como si las hubieran restregado de arriba abajo... Era desolador y repugnante.
Sacudí la cabeza para evitar todas las ideas que se me agolpaban y me puse manos a la obra. Comprobé bien las puertas: estaban cerradas. Así que me dirigí hacia el siguiente tramo de escaleras.
Un ruido venido de abajo me hizo recular. También mi valor reculó pues hasta el momento no había pensado en la idea que un caminante me persiguiera hasta el tramo de escaleras que había roto... ¿Cómo subiría si se diera el caso? Empecé a temblar y a poco, se me cae la linterna, lo que habría provocado un gran estruendo.
Conseguí reponerme y la sujeté con firmeza. Tenía que salir de ahí. Realicé una segunda pasada con la linterna y respiré bien fuerte.

Bajé muy rápido al segundo tramo de escaleras. Pero al llegar me llevé una desagradable sorpresa. Una puerta abierta y algo, un cuerpo, atascándola. No podría cerrarla y sería un peligro dejarla entornada como estaba.
La posibilidad de empujar el cuerpo me resultaba harto desagradable. Pero no veía otra solución, esa puerta no se podía quedar abierta. Sobre todo, después de haber oído ese ruido.
Me acerqué con cautela al cadáver blandiendo mi bate pues no descartaba la posibilidad de que se moviera. El suelo de madera crujió bajo mis pies y me paré, aguantando la respiración. ¿Había oído algún ruido como respuesta? Di varios pasos más y me encontré junto al cuerpo putrefacto de un joven.
También pude ver que estaba atascado de alguna forma a la puerta. No podría moverlo ni cerrar la puerta pues se habían unido. Lo comprobé intentando tirar de la puerta para cerrarla. Tampoco me fue posible empujarla ni un milímetro.
Aunque no me hacía gracia, tuve que empezar a bajar sin cerrar esa puerta. A partir de ese momento mis nervios estuvieron a flor de piel hasta que logré salir del edificio.


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El Bunker
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