31 oct. 2012

Relato: Los horrores de la noche de difuntos


Los horrores de la noche de difuntos

Calabaza
La niebla se arremolina entre sus pies mientras pasea por el pueblo. La penetrante oscuridad parece tomar forma física, como un muro entre él y su destino.

A un lado y a otro de la calle puede ver engendros y demonios, que corretean sin hacerle nada, pues va protegido... Pero no todos se alejan sin fijarse en él... Uno, cuya cabeza tiene forma de calabaza, los ojos rojos y una sonrisa diabólica, le mira fijamente, acercándose...

- ¡Truco o trato! - oye a su espalda y da un salto...

Despierta de su ensoñación y sonríe al jovencito que le ha golpeado en la espalda.

- ¡¡Truco o trato!! - repite, indignado, por la demora.

Solícito, mete la mano en el bolsillo y encuentra un dulce para el chico. Pero cuando saca la mano, grita salvajemente y deja caer lo que ha cogido. También tira al suelo todo el contenido de sus bolsillos y huye, como si le persiguieran mil demonios...

El niño, sorprendido empieza a coger todas las chucherías y monedas que ese hombre tan raro ha dejado.


Tras unos minutos de carrera, la oscuridad se vuelve más densa y la niebla más espesa. Saca de su bolsillo interior un bote y traga varias pastillas. Está cada vez más nervioso y encima está perdido. En ese momento, descubre un punto de luz dando vueltas a su alrededor y avanzando cada vez más. Le está pidiendo que le siga.

Esa luz le guía entre los árboles durante varios cientos de metros. Tras una buena caminata, llega a una lúgubre cabaña de madera. La luz desaparece y él se queda quieto, pensando qué hacer.

Como si fuera una respuesta a sus pensamientos, la puerta se abre, chirriando y, de nuevo, ve esa pequeña luz, esta vez desde el interior.

Entra en la cabaña y la puerta se cierra a su paso. Siente un escalofrío recorriendo su espalda. Durante unos segundos interminables, permanece en una absoluta oscuridad. Y luego, con un una palmada, se encienden todas las luces, mostrando una gran habitación, demasiado grande para esa casita.

Del techo y las paredes cuelgan telarañas. En una esquina, ve muchos libros viejos y mohosos, algunos abiertos y tirados por el suelo. Y pocos muebles, unas sillas, una mesa... Tardó un poco en darse cuenta de que no se veía la fuente de luz. Parpadea varias veces y, se fija en algo que antes no parecía estar ahí.


Una mujer, vestida de negro, baja por una escalera de caracol. Parece muy mayor, aunque esa percepción, cambia en el momento en que se acerca, pues su cara es joven, sin una sola arruga, con unos bonitos ojos azules.

- Hola... -parece gruñir. Tose y continua, ya con una voz más suave y melodiosa: - Hola, joven viajero. Bienvenido a mi humilde morada. Como verás, tengo todo lo que puedas necesitar para poder descansar y relajarte.

Él mira a todos lados y aunque lo de 'humilde' le venía como un guante a la casa, pequeña, toda de madera y con cuatro sillas y un catre en el suelo,... no veía cómo podía descansar ahí.

- ¿Por qué te burlas de mí? - se encaró con la joven. - ¿Acaso piensas que soy estúpido

- Nadie piensa que seas estúpido -dice con una voz suave. - ¿Por qué no te relajas? No tienes que seguir huyendo. -Le acerca un brazo para acariciarle.

- ¡No! - y retrocede hacia la puerta.

Ante sus ojos, la mujer se transforma de nuevo y aparece como realmente es. Una mujer encorvada, vieja y fea con una larga nariz. Él sale corriendo

- ¡Cogedle, que no escape! - grita la bruja.

Siente como unas manos le intentan agarrar y al mirar atrás ve unos seres con largos brazos y tentáculos intentando atraparle. Golpea a uno y consigue llegar a la puerta. Pero al abrirla, más monstruos le cierran el paso. Llora y patalea, pero al fin le atan.


En una habitación acolchada, con su camisa de fuerza, nuestro amigo se balancea, sentado en el suelo.

- Estoy maldito... estoy maldito – balbucea.

- ¿Cómo ha podido escapar? - le pregunta una joven enfermera al doctor.

- Ni idea. Ha debido recibir ayuda de alguien -contesta.

Ellos dos se alejan y la enfermera se vuelve a mirar por la ventana. Su larga nariz choca con el cristal y le guiña un ojo tan negro como el carbón.

- Feliz Halloween...

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El Bunker
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