10 nov. 2012

Relato: La Caja

- La Caja - 
Un día apareció en mi casa. Era una caja negra y bastante espeluznante en la que no se veían ni marcas, ni etiquetas con la dirección.
Ningún vecino vio llegar al repartidor ni a nadie que dejara el paquete en la puerta. Lo primero que pensé fue que era la broma de algún niño travieso como había ocurrido en alguna otra ocasión. Pero había algo raro con esa caja. Desprendía una energía extraña, oscura. Cuando la miraba, me sentía mal, deseaba dejarlo todo, rendirme. Era horrible.

La caja era negra con vetas grises y parecía maciza. No tenía marcas ni rendijas para abrirla. A pesar de su aspecto era sorprendentemente ligera; casi me caigo al calcular mal la fuerza para levantarla. Era como si estuviera hueca. Y estaba vacía: al agitarla, nada se movía en su interior. Cuando la levanté, me quemaron las manos. Menos mal que llevaba guantes, pero aun así, sentí el calor.

No estoy muy seguro qué me llevó a meterla en casa. Supongo que fue curiosidad científica: quería analizarla con más detenimiento. Mi curiosidad y mentalidad científica chocaba con el resto de mi ser, que me decía que debía deshacerme de la caja, destruirla, abandonarla donde no pudiera sentir su perniciosa energía.

Huelga decir que no la había abierto. A mí siempre me ha emocionado recibir paquetes y al verlo por primera vez estaba deseando desenvolverlo para conocer su contenido. Pero al echarle un vistazo más detenido, ya en la salita, me negué a tocarlo otra vez. Todas las células de mi cuerpo chillaban y tiraban del brazo que había acercado a la caja. Me sentía tan mal cerca de ella, tenía tantas ganas de acabar con todo, que dejé que vencieran a mi parte científica. Ni siquiera la Ciencia merecía que sufriera tanto.

Al final, la dejé en una salita, donde apenas pasaba tiempo, salvo para recoger algún libro o prenda. No quería estar cerca de ella pues cuanto más tiempo estaba en su presencia, peor me sentía. Había abandonado la idea de analizarla. Esa caja era siniestra. La odiaba.
Y olvidé la caja. Se quedó sobre la pequeña mesa de la salita y me olvidé de su existencia. Volví a mis tareas y deberes. Respondí e-mails, llamadas de teléfono, algún que otro whatsapp... Y cuando llegó la hora, me marché al trabajo.

Volví a ver la caja cuando regresé al día siguiente. Pero antes de que eso ocurriera, comí, lavé los platos y realicé mis muchas otras tareas domésticas. Cuando al fin tuve tiempo para mí, fui a la salita a buscar un libro, algo con lo que estar ocupado el resto del día. Al llegar, ¡la caja había desaparecido!
En realidad no me di cuenta en ese momento de que no estaba. Como decía, había desaparecido completamente de mi mente, no quedaba ningún recuerdo de ella. Sólo tenía la ligera sensación de que había algo diferente en esa habitación.
Cogí el libro y me marché a mi habitación. Al encender la luz, me llevé el mayor susto de mi vida. ¡La caja estaba en mi cama! ¿Cómo podía haber llegado sola hasta allí? Vivía solo y nadie entraba para nada en mi casa.

De golpe, todos los recuerdos del día anterior volvieron a mi y con ellos el terror a esa caja y todos los malos recuerdos que tuve alguna vez. La angustia llegó a mi como una ola y me dejó temblando. Estaba aterrado y triste a la vez.
Como las otras veces, la caja desprendía una energía oscura que me hacía querer acabar con todo. Poner una bala en mi cerebro, acabar con este sufrimiento que es la vida, ese valle de lágrimas al que estamos destinados.
'No hay esperanza' esas palabras resonaban en mi cabeza, provenientes, parecía, de la caja. Con ellas, también recibí una promesa en forma de imágenes mentales. Si tocaba la caja, entendí del torrente de imágenes que me llegaban, todo acabaría, volvería a estar bien, descansaría.
Me acerqué como una exhalación a la caja y, aunque todo mi cuerpo intentaba evitarlo, levanté el brazo para tocarla. En el momento en que mi dedo rozó su superficie noté un intenso dolor en todo mi brazo y mi mano se quedó pegada. El dolor se extendió hasta mi columna y grité.
Después de lo que fue un largo minuto, caí al suelo y mi dedo se separó de la caja. Temblaba y me dolía todo el cuerpo, como si hubiera corrido durante horas.

Me pude levantar y vi en el espejo algo raro en mi mano. Me acerqué la mano a la cara y la vi completamente negra. Era muy extraño. Probé a tocarla con la otra mano y estaba fría. Por el contrario, en la mano negra no sentía nada en absoluto. La pellizqué, la mordí y la golpeé pero nada lograba atravesar esa extraña coraza.
De pronto, vi como la mancha negra se extendía hacia la muñeca. Al principio me pareció un efecto óptico pero tomó velocidad y vi cómo se iba ennegreciéndome el codo, el antebrazo... Me arranqué la camisa y pude ver que llegaba a mi hombro.
En un minuto toda la parte superior de mi cuerpo era negra, a excepción de mi cuello y mi cabeza. En dos minutos, tapaba todo mi cuerpo salvo la cara. En cinco, ya estoy pintado completamente.

Llevo más de 10 minutos así y no sé que va a pasar...


Mi amigo Isaac me ha mandado esta carta y no se porqué. Ha muerto en extrañas circunstancias y ni médicos ni forenses han podido averiguar nada. Reconozco su letra pero la fecha de envío es del día siguiente a su fallecimiento. ¡Es completamente imposible!
Eso no es todo. ¿Por qué iba Isaac a enviarme una caja negra si sabía que era peligrosa? Sí, he recibido la caja. Y he sentido todo lo que él explica en su carta. Estoy muy asustado porque nada más ver la caja y la carta encima la cogí con las manos desnudas. Creo que estoy muriendo.

Ángel G Ropero
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El Bunker
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