23 mar. 2013

Firma Invitada: 'Sobre Nikola Tesla' por Miguel Ángel Delgado


SOBRE NIKOLA TESLA
Por Miguel Ángel Delgado



Nikola Tesla es uno de los nombres más importantes de la historia de la tecnología. Es, de hecho, el nombre fundamental que permitió que la actual civilización, basada en la electricidad, fuera posible: sin sus inventos del motor eléctrico polifásico (básicamente el que seguimos utilizando aún hoy en día,), así como de generación y transmisión de potencia a larguísimas distancias (por ejemplo, desde una central hidroeléctrica hasta una ciudad distante de ella cientos de kilómetros), no podríamos hacer prácticamente nada de lo que hacemos desde que nos levantamos cada mañana: que nuestro radiodespertador suene, que encendamos la luz, que pongamos en marcha nuestra cafetera eléctrica, que cojamos el metro, que escribamos en un ordenador, que... Piense en cualquier cosa que funcione con electricidad enchufada a la red y sí, eso funciona porque Tesla hizo posible poner en pie un sistema razonable, eficiente y útil.
Si a eso añadimos que, desde una sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos de 1943, que declaró probado que Marconi había pirateado toda una serie de patentes suyas en sus investigaciones para la transmisión de energía de manera inalámbrica, Tesla es considerado como el verdadero padre de la radio, o que en 1898 hizo la primera demostración pública de un pequeño barco guiado por control remoto, empezaremos a hacernos una imagen más certera de su gran y verdadera talla.
Si, finalmente, tenemos en cuenta que es considerado predecesor de tecnologías como los Rayos X o el radar, que en 1900 ya alertaba sobre la escasez de los recursos fósiles y la necesidad de buscar otras fuentes de energía alternativas como la eólica o la solar, tendremos casi el mapa completo.
Entonces, ¿por qué este personaje tan importante apenas es conocido por el gran público? Ésa es la primera pregunta que asalta a quien se encuentra por primera vez con su nombre. Porque sí, ésa es la expresión correcta: "encontrarse". Normalmente, uno se topa con Tesla en la búsqueda de otra cosa que no tiene que ver con él. Y por supuesto, eso me pasó a mí. Ya se me había asomado en obras como "El palacio de la luna" de Paul Auster o en una película como "El truco final", de Christopher Nolan, donde David Bowie componía un Tesla (un tanto improbable, todo hay que decirlo).

Fue sentir ese aguijón y querer saber más. Y entonces, en un asombro, vas viendo cómo Tesla comienza a aparecer por los sitios más insospechados: en más libros (Thomas Pynchon, Jean Echenoz...), videojuegos, óperas, cómics, canciones, instalaciones artísticas... Incluso en textos turísticos sobre Nueva York o Croacia, o en el mismo nombre del aeropuerto de Belgrado (Aeropuerto Internacional Nikola Tesla). Y quizá sea eso lo más sorprendente, que la recuperación de su nombre ha venido antes de terrenos aparentemente tan poco científicos como los de la cultura pop.
Y eso, en gran parte, porque el personaje de Tesla contiene, en su interior, gran parte de los clichés con los que nos asomamos, aún en nuestros días, a la figura de los científicos y los inventores. Cabe pensar, incluso, si gran parte del origen de esos mismos clichés no residirá en el propio Tesla: un genio lo mismo capaz de salvar a la humanidad que de destruir el planeta con algún invento loco, sumamente atractivo (pensemos en un elegante serbocroata de dos metros de altura, modales extremadamente elegantes y calculada coquetería), con una inteligencia sobrenatural (capaz de reproducir en su cabeza experimentos y máquinas enteras, que más tarde ponía sobre el papel) y asaltado por todo un ramillete de fobias y problemas mentales que afectaban muy seriamente a su sociabilidad (imposibilidad de dar la mano por una extrema obsesión por la higiene, manía compulsiva por los números 3 y 13, repulsión hacia los pendientes en las mujeres, visiones de flashes y luces, visión de personas imaginadas tan reales para él como el resto, etc.).
Hacía demasiado tiempo que la figura de Tesla estaba siendo carnaza para cualquier teoría conspiranoica o de excesiva exaltación de su figura, como si sus seguidores pretendiesen compensar su olvido llevando su nombre a extremos simplemente ridículos. Y lo más curioso era que en España faltaban textos de referencia para ayudar a comprender el personaje. La editora de Turner puso una primera piedra para que eso empezara a cambiar con la publicación de "Nikola Tesla. El genio al que le robaron la luz" (2009), una de las biografías teslianas de referencia, firmada por Margaret Cheney. En 2011 me encargó "Yo y la energía", un texto más centrado en la necesidad de dar a conocer a Tesla al público español de la segunda década del siglo XXI, y que combinaba un largo ensayo introductorio que fijaba su importancia en la cultura popular, junto a dos largos textos que marcaban su peso como figura icónica de los dos últimos siglos: "Mis inventos", una autobiografía que es referencia en la construcción de su mito, y "El problema de aumentar la energía humana", que fijaba su estatura como científico y visionario del mundo por llegar.
Con el recientemente aparecido "Firmado: Nikola Tesla", terminamos de trazar el recorrido por un personaje, en realidad, casi inabarcable. El volumen recoge cartas y artículos escritos por él, que permiten asomarse al Tesla más humano, con todas sus contradicciones, con afirmaciones que nos sacan la sonrisa y otras que nos sumen en una cierta tristeza al comprobar el deterioro de su mente en los últimos años. Pero me atrevería a decir que traza, también, la visión más tierna y cercana de alguien que, con todos sus defectos y virtudes, fue en cierto modo irrepetible.
Si algo tendría que quedar de última impresión en torno a Tesla, es su capacidad para transmitir una ilusión y una fe sin límites en el progreso como vía para mejorar a la humanidad. Y aunque quizá nunca sepamos si su sueño de un mundo inalámbrico, en el que la energía se transmitiera de modo casi gratuito a todo el mundo, era viable, lo cierto es que seguirá fascinándonos.


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