7 abr. 2013

Relato: Paciente Cero (III de III)


Paciente Cero
Parte III

 Nada más traspasar la puerta me encontré con un foso alrededor del cual había una valla de protección. Despacio me acerqué a la valla para poder ver lo que había abajo. Respiré aliviado cuando vi que el agujero estaba vacío. Aunque también vi una puerta de la que, suponía, saldría lo que quiera que hubiera dentro.
–¡Le presento «El Anfiteatro»! –dijo con teatralidad–. Ahora mismo empieza el espectáculo.
Hizo un gesto y varias personas, que estaban ahí y en las que no me había fijado antes, se dirigieron hacia unas palancas.
La puerta chirrió mientras se levantaba, augurando terribles sucesos.
Cuando estuvo totalmente izada, pude oír un sonido que me heló el corazón y que aun hoy lo hace cada vez que lo recuerdo. Un gruñido que fue in crescendo y un golpear de cadenas. Había algo vivo allí.
Tras otro gesto del oficial, los operarios lanzaron una cabra viva al foso. Al caer se rompió una pata y empezó a balar muy fuerte. Un gruñido más fuerte fue la respuesta. La cabra baló asustada y de nuevo un gruñido desde el interior. Cuanto más alto balaba la cabra, más se oían los gruñidos de la cosa.
De pronto una figura humana se abalanzó sobre la cabra clavándole los dientes y las garras. El animal murió al instante y la figura siguió alimentándose de ella.
Cuando se cansó, se dio la vuelta y, puedo jurar, que me miró a los ojos. Y lo que vi no era humano. En algún momento perteneció a nuestra especie. Pero ya no. Compartía los rasgos básicos, como andar erguido y su cuerpo era el de un hombre adulto. Pero nada más.
Sus ojos completamente negros no tenían vida. Sus dientes eran colmillos; sus manos, garras afiladas como cuchillos y se movía como una fiera salvaje, dispuesto a atacar.
–¿Qu... qu…qué… es eso? –logré articular tras pelearme con mi lengua.
–Le presento el futuro –sonrío el oficial: se le veía alegre y triunfal–. El arma definitiva contra los enemigos del mundo libre. Mitad hombre, mitad animal. Este especimen es un asesino imparable.
Sacó la pistola y, antes de que pudiera imaginar lo que iba a hacer, descerrajó varios tiros contra el ser que no se inmutó ni a pesar de que saliera sangre (coagulada, me pareció) de los agujeros de su pecho y su hombro. En ese momento pude fijarme en su piel, pues iba desnudo de cintura para arriba. Era grisácea y estaba llena de cicatrices. Imaginé las torturas y experimentos a los que había sido sometido y tuve un escalofrío. También, no me avergüenzo de decirlo, sentí lastima por esa cosa.
Volví a prestar atención al oficial que hablaba orgulloso de lo que suponía tener algo como esto.
–Nos pone a la cabeza del mundo. Ningún enemigo tendrá ninguna posibilidad. Sueltas uno de estos en el campo de batalla y da al enemigo por vencido...
–Mmm... ¿no? –pregunté, cortando su monólogo–. ¿Hay más de estas cosas?
–Todavía no. Este es el único ejemplar que ha sobrevivido al proceso. Pero no importa: se multiplican. Un mordisco y pam, ya tienes dos. Otro mordisco... y pam, tres. Es maravilloso.
Yo estaba aterrado y muy sorprendido. ¿Cómo alguien podía hablar de una criatura tan terrible y no estar asustado. Es más, estar contento. Y lo que habían hecho... Me di cuenta de que estaba tratando con un loco.
–¿Se lo imagina? Seres inmortales que se propagan y que no necesitan armas, ni munición, ni alimentos. Un soldado perfecto. Un supersoldado.
Sí, pensé, irónico. Un mundo tomado por ellos. Si se escapaban del control, el mundo estaría perdido.
–¿Alguien más tiene algo parecido? –logré articular.
–Afortunadamente, no –puse cara de sorpresa. Empezó a tutearme–. No pongas esa cara. La verdad es que todos los rumores son falsos. Pero nos interesa que parezca verdad para poder lanzar a la batalla a estas bestias cuando entremos en guerra.
–¿Han estado mintiendo todo este tiempo? ¿Incluso al Gobierno y a la Casa Real?
–Por el bien de la libertad, sí.
–Pero... –algo no me cuadraba– usted me dijo que llegó aquí tras investigar los rumores.

No me contestó, estaba mirando fijamente a la cosa que estaba en el foso, dando vueltas como un tigre en torno a su presa. Pude ver como miraba fijamente al oficial, que parecía ajeno a todo, como si lo reconociera, como si supiera que era el responsable de todo su sufrimiento, de todo su dolor. No mostraba ninguna emoción, se limitaba agitar las cadenas, amenazante.
–Te preguntarás de dónde ha salido, claro. Este es un engendro que no ha podido nacer por sí solo, no es natural. Es eso lo que piensas, ¿verdad? –me miró, pero no esperaba respuesta–. Pues tienes razón. Pero solo en parte –hizo un gesto teatral mientras miraba con algo que me parecía amor, o al menos cariño, a esa cosa y añadió–: este ser es resultado de unos experimentos realizados con personas, enemigos todos ellos, aprovechando los conocimientos adquiridos tras investigar numerosos artefactos incas y mayas. En ellos se encontraron unas bacterias de origen desconocido que, convenientemente tratadas, se convierten en esta maravilla.
Yo ya no podía aguantar más. Salí de la sala y vomité en el suelo. ¿Cómo se podía hacer algo así? Tratar de esta manera a los vivos. Y a los muertos. ¿Y con qué motivo?
El oficial salió detrás de mí con evidente cara de desagrado. Pero continuó su exposición, como si tal cosa.
–Esa bacteria muta al compartir el ADN de diferentes seres. De ahí, los rasgos animales, como las garras, o los colmillos. Para conseguir la agresividad usamos cepas del virus de la rabia. Ingenioso, ¿verdad? Y la capacidad de contagio ha sido una agradable sorpresa. No estaba previsto.
Me miró esperando que dijera algo. Al no contestar, mostró cara de decepción y continuó.
–Pues ya lo sabes todo. Conoces al paciente cero, el virus ER32 y la operación. Como comprenderás, ya no podemos dejarte volver tus obligaciones normales. Serás promocionado y traído aquí. Ahora y para siempre, trabajas para mí.

Y eso es todo. Empecé a trabajar en la nave y a ver a menudo a Adán, como llamaban al paciente cero. Me enteré de que era un espía norcoreano y que fue el único superviviente de treinta y un cobayas que recibieron diferentes versiones del virus. Solo el que recibió él tuvo efecto. La mayoría simplemente murieron. Algunos víctimas de una coagulación de la sangre, otros por fallos orgánicos múltiples y muchos por una extraña patología que licuaba los órganos internos. Me dijeron que Adán había muerto durante el tratamiento pero que, a los pocos minutos, se levantó tal y como estaba ahora. Su despertar pilló desprevenido al operario que fue a retirar el cuerpo. No lo contó. Adán lo lanzó una y otra vez contra la pared hasta que se cansó y se lo comió. Cuando los soldados lograron reducirle, no quedaba nada del pobre infeliz. Solo los huesos.
Otra vez mordió a uno de sus cuidadores que murió y, a los pocos segundos, despertó. Se levantó con los ojos negros y largas uñas. Pero tras unos instantes empezó a retorcerse de dolor y murió con la cara ensangrentada. Se había arrancado la piel a tiras.

El resto es historia. Los «enemigos» se dieron cuenta y decidieron pasar a la acción. Infiltraron a un espía y liberaron a Adán. Mató a miles y convirtió a cientos. El primero de ellos, el propio padre de la criatura. Se cuenta que lo devoró con especial desempeño.
Estos súbditos suyos no podían convertir, pero eran tan fuertes y letales como su «padre». Poco a poco, se extendieron por el país. El Ejército contraatacó lanzando a algunos de los hijos al país responsables de liberarlo. A pesar de no ser puros hicieron mucho daño pues se enviaron centenares de ellos.
En pocos días, España estuvo invadida. En una semana se extendió por Europa. En dos, llegó a América y, en un mes, el mundo entero estuvo lleno de hijos de Adán.

Esta es la verdad. Todo fue culpa del Ejercito por mantener algo tan peligroso y por crearlo. Acabo esta comunicación deseándoles suerte a los que la reciban. El mundo se ha ido al traste y todo por la estupidez de unos pocos. Que Dios se apiade de nuestras almas.



(Fin... ¿O no?

Ángel G Ropero

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